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Garnacha Blanca, el espejo de Terra Alta

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Para conocer un lugar no basta visitar sus hitos, sus monumentos. Hay que hurgar en la vida, en las calles, en el mercado, en el cementerio (la muerte es parte de la vida), en los bares y, por supuesto, en el periódico local.
El día que aterrizamos en Terra Alta –ese milagro recóndito del Mediterráneo interior, donde Cataluña se adentra en Aragón–, la portada del 'Diari del Ebre' anunciaba a toda página: "Un jabalí, atropellado en la carretera", aunque la más triste noticia era que durante el último año ha muerto casi uno por día.
Fue la mejor pista para captar el carácter de esta región y el sentir de sus habitantes, su vida apegada a la tierra y con ella la defensa de su fauna, de sus olivos, sus viñas y por supuesto, de sus vinos.

 

E s una tierra hermosa y dura, de las que se agarran al corazón y la memoria. Una tierra agreste y avara que hay que domesticar y donde han quedado tantas huellas de esa lucha eterna. No solo las más recientes, terribles y simbólicas, las de las batallas más encarnizadas de la Guerra Civil, sino las que desde tiempos remotos –desde los iberos, romanos, templarios...– fueron allanando en terrazas los cauces secos de los ríos para convertir las hoces en sembrados, para extraer alimento de las piedras y la tierra. Como muestra de tiempos de esplendor y crisis quedan los poblados arqueológicos de Batea, Caseres o el Coll del Moro en un espectacular mirador sobre Gandesa, las torres y templos de todos los estilos o incluso un monumento vivo, un olivo que ha cumplido 2.000 años que preside un primoroso olivar en terraza que es un emocionante canto a la naturaleza a la salida de Horta de Sant Joan donde sus congéneres parecen haber cumplido al menos otros 500 años. No es de extrañar que ese paisaje, ese Mediterráneo interior, inspirara a Picasso en dos estancias, en tiempos y situaciones muy diferentes, sentimientos e imágenes que han quedado reunidas en un emotivo museo, en una de esas esas calles pendientes, pedregosas y preciosas de Horta, donde estuvo el antiguo hospital.

Pero la huella del tiempo, aquí y allá, es la viña y las bodegas que en cada uno de los 12 pueblos de Terra Alta se esconden en el subsuelo de cada casa. En la superficie han quedado, monumentales, perfectas y funcionales, las cooperativas modernistas de Pinell de Brai y de Gandesa, que no son solo un reclamo para el enoturismo sino una muestra de cómo la arquitectura se alió con la industria y la agricultura, con el desarrollo del campo y el movimiento obrero en una época revolucionaria: el modernismo. El autor es Cèsar Martinell, que aprendió de su maestro Gaudí la pasión por las artesanías, por las humildes e ingeniosas labores humanas, para aplicarlas a las más grandes: con criterio de utilidad, pues son edificios industriales, de economía para abaratar los costes, de ecología por aprovechar y lucir lo que ofrece el entorno y de estética para hacer felices a quienes trabajen en ellos. Todo un avance.

 

Cooperativas históricas

El presidente de la cooperativa de Gandesa, Pere Bové, es el mejor conocedor de sus dominios y el más entusiasta para transmitir con orgullo y admiración los geniales detalles. Se construyó en un año, 1919, y solo costó 200.000 pesetas, mientras que la de Pinell de Brai, reflejo de mejor época económica seis años antes, salió por un millón. Aquí aprendieron a hacer de la necesidad virtud. Martinell solo exigió que hubiera agua, un pozo, y derrochó ingenio para ahorrar tiempo y dinero. Por ejemplo, las bóvedas se hicieron de la forma más sencilla, con ladrillos enfilados y no "a la catalana", contrapeados, que es un trabajo complicado. Trabajaban muchas mujeres, excepto con las cargas más pesadas que se reservaban a los hombres. Y la delicadeza de encaje, casi de tela de araña que son las columnas huecas que se alzan tres pisos, no se diseñaron así por estética sino para gastar menos ladrillos.

 

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Algunos que parecen inventos recientes, como mantener la temperatura de forma natural o trabajar por gravedad, ya estaban aquí y perviven útiles y perfectos 100 años después. Cavaron cino metros y allí construyeron los trujales (trulls) separados por cámaras de aire con un tubo de salida a la superficie a modo de respiradero. Los gigantescos depósitos están aislados del suelo para que se aireen, y en dos alturas, para trasvasar de uno a otro el vino sin necesidad de bombas.

"Una cooperativa es más que una empresa, es casi una ONG, todo lo que gana revierte en los cooperativistas, como pagos, como créditos y todo tipo de ayudas sociales". Por eso el presidente escribe en su espejo: "Garnatxa: cuerpo y alma". La amenaza es el abandono del campo. Los cooperativistas han pasado de 400 a 250 y los 12 millones de litros que elaboraban en los mejores tiempos han quedado en dos en la última vendimia. Eso sí, salen de cepas muy viejas, de una media de 50 años, con las que están renovando el catálogo con creaciones de gama alta, como la serie Pureza, que juega por supuesto con la joya local, la Garnacha, pero también con Samsó (Cariñena) y la autóctona Morenillo.

El edificio se usa en festividades y eventos del pueblo y ahora –del 12 al 14 de abril– es la sede del concurso internacional Garnachas del Mundo, que tiene revuelto a todo el sector vinícola de los alrededores.

 

Mirando al futuro

Quien se ocupa más a fondo de la organización del magno acontecimiento es, por supuesto, el presidente de la D.O., Joan Arrufí. Lo encontramos en su bodega, Altavins, diferente a todas, pues lo tradicional son las bodegas en casas del pueblo, sobre sus históricos trujales, como la de su padre, donde él empezó a elaborar con 4.000 botellas en 2001. Ahora son 250.000 que llegan a 26 países y, para evitar los problemas de la vendimia en las estrechas calles, se ha situado en una alta nave, crecedera, funcional, que va vistiendo poco a poco con un gusto excelente y actual, que se refleja desde el elegante color de los depósitos de hormigón Kilómetro 0, es decir, construidos en la zona tras un estudio con la Universidad Rovira i Virgili, hasta los formatos y las conceptuales etiquetas que homenajean a los pueblos que habitaron estas tierras.

 

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Joan es un joven entusiasta rebosante de ideas prácticas y estéticas que cree en la viña como motor económico de la región, de sus 12 pueblos con mil hectáreas de viña que ocupan a 200 familias. Y cree en su D.O aunque solo produzca unos siete millones de botellas con contraetiqueta, mientras buena parte de sus 35 millones de kilos de uva acaban en grandes bodegas de fuera, engrosando la D.O. Cataluña. Su optimismo se basa en la visión de que hay nuevos viticultores: unos, los jóvenes de las familias locales, otros que vuelven con añoranza y nuevas ideas, y algunos llegados de más lejos, atraídos por las posibilidades de esta tierra y esta uva, tan encantadora, tan diferente.

Las cuatro sólidas patas que sustentan la diferencia son clima, vientos, suelo y variedades. El clima seco es una equilibrada combinación de mediterráneo y de interior, veranos muy cálidos e inviernos muy fríos donde la viña goza de un largo reposo. Los vientos parecen diseñados como contraste y limpieza: por la mañana Cierzo seco, de interior, al mediodía calma y por la tarde húmeda Garbinada marina, que en verano aplaca la sed de las plantas. En el suelo, pobre y mayoritariamente calcáreo y arenoso, alternan hasta 17 combinaciones pero como en el remoto pasado esta tierra fue el fondo del mar, la estructura que predomina es la que aquí llaman Panal, desmoronado y ávido, como una esponja, que permite a las raíces profundizar en busca de agua y sustento. Y por fin la variedad, las garnachas de todo tipo y color: Negra, Gris, Peluda... pero sobre todo la amable, elegante y golosa Blanca que encontró aquí su mejor cuna y sus mejores valedores. Hasta el punto de que Terra Alta concentra la tercera parte de la producción mundial.

El alcalde de Batea amenazó el verano pasado con un referéndum para separarse de Cataluña. Era el grito de una región pequeña, rural y que arrastra un complejo de olvido y abandono por parte de los poderes públicos. Esa situación ha propiciado históricamente que los jóvenes, los que podían permitírselo, buscaran fuera una mejor formación y futuro profesional. Pero están cambiando las tornas. Tanto que algunos, después de sobrada experiencia, regresan a sus lares y enraízan aquí con verdadera pasión.
Es el caso, entre los grandes bodegueros, de Joan Àngel Lliberia, que ha construido Edetària, o de Pili Sanmartín, que ha vuelto para revitalizar una casa histórica y siempre ejemplar como Bàrbara Forés.

 

El retorno

Un abuelo de Joan, Lorenzo, se fue después de la guerra a estudiar Enología a una de las dos escuelas que había en España, la de Requena. Allí aprendió los secretos de la bodega y todo ese arte lo puso en práctica con un talante innovador al regresar a su tierra del Ebro. Su hija casó con un viticultor, Àngel, que aportó su tenacidad y su conocimiento de la tierra y la uva y a quien, aún hoy, a sus 82 años, se puede ver controlando y hasta podando la viña.

Joan es de Gandesa y su bodega se alza en una terraza, en las afueras. Se formó como ingeniero agrónomo pero su carrera profesional se desarrolló en París como alto ejecutivo de empresas multinacionales, es decir, envuelto, sacudido día a día, por el estrés y la competitividad.

Hasta que estalló y decidió no solo volver a casa sino poner en pie la bodega que nunca se había atrevido a soñar en voz alta. El abuelo lo trató de loco, pero cualquiera que se acerque a ese otero milagroso y contemple el paisaje a través del marco que crea desde la terraza o la sala la propia bodega, moderna, funcional y preciosa, nacida en 2003, entenderá la lógica de esa locura. La misma del cielo donde caprichosa y continuamente alternan esta loca mañana chubascos y arcoíris.

 

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Con conocimiento y criterio, Joan, dinámico, imparable emprendedor a su pesar, empezó a experimentar con las cinco variedades de garnachas de esta región: Tinta, Gris, Peluda, Tintorera y por supuesto la reina Blanca. Algunas muy escasas; por ejemplo, puede presumir de cultivar seis hectáreas de Garnacha Gris, de la que en el mundo hay poco más de 200. Después de probar elabora cuatro de ellas en distintas parcelas –60 hectáreas– con plantas de 60 y hasta de 100 años, en alto, con mucha aireación y poca producción, unas en torno a la casa y otras en La Terrenal, más arcillosa, que retiene agua y da al vino más volumen en boca. Y puesto que esta tierra produce el 30% de la Garnacha Blanca del mundo, decidieron montar un grupo de defensa, Tierra de Garnachas, en el que participa una gran bodega de cada D.O. catalana: bodegueros brillantes y concienzudos que buscan salvar los genotipos locales, es decir, las modificaciones de la uva, sus peculiaridades en función de su adaptación a cada medio, a cada terruño. Por ejemplo, la blanca aquí se cubre con más hojas y adquiere más grado y estructura.

Elabora en el exterior, donde los depósitos está protegidos apenas por un entoldado metálico. Allí monta en vendimia la despalilladora, la cámara frigorífica, la prensa… para recibir la uva que llega en pequeñas cajas. Toda la blanca se elabora con la técnica normal, prensada, por fermentación de mosto. Y se guarda en dos pequeñas salas subterráneas y climatizadas, pulcras, en barricas grandes, de 300 y 500 litros, para que la madera no marque demasiado al vino.

A la cata se suma su ayudante, Luis Otero, una nariz privilegiada para entender y describir la personalidad y la evolución de la Garnacha Blanca: "De joven el vino huele a flor blanca, plantas de anís, frutas blancas delicadas como pera. Con el tiempo se va haciendo más meloso, intensa flor de almendro, anís en grano, melón y hasta fruta escarchada, hinojo o notas de petróleo". Y efectivamente, en las copas se va dibujando, tomando cuerpo, su descripción, a la que habría que añadir: conservan la acidez perfecta. Deliciosos.

Edetària, el nombre de la bodega, es un homenaje a la historia, es una via ibera que reforzaron los romanos. Con ese respeto al pasado, su amor al paisaje y su espíritu crítico frente al paisanaje son capaces de mover un mundo immóvil.


Ecología y entorno

En el centro de Gandesa, Pili Sanmartín se mueve en un espacio privilegiado, la casona familiar de piedra de techos altos, de vigas enceradas, de penumbras soñadoras, que se alza como aquí es norma, sobre los trujales donde se hizo siempre el vino. Ella es la nueva generación en la línea de aquella de Bàrbara Forés que escandalizaba a sus vecinos sentada para leer el periódico, cada mañana, en la terraza del casino del pueblo, un reducto y un pueblo donde solo los hombres leían el periódico. A las chicas, y sobre todo a las de buena familia, les tocaba bordar ajuar y tocar el piano. Bàrbara nació en 1824 y enviudó joven. Tuvo que hacerse cargo de la hacienda familiar, de los campos, de la viña y el vino, además de sacar adelante a cinco hijos, de los que uno llegó a diputado en Cortes, que por aquel entonces era un valor. Otro, Rafael, farmacéutico, fue el que impulsó el embotellado que se ha conservado en la casa hasta hoy, cuando Carmen, y sobre todo su hija Pili, han tomado el estandarte de dignificar el campo y visibilizar a las mujeres, algo muy importante en una zona básicamente rural como es Terra Alta.

Pili, como han hecho prácticamente todas las generaciones jóvenes, estudió fuera –"viaja, nosotros no podemos ser tus referentes", le decían sus padres– y empezó su vida como profesional de Trabajo Social, pero su vida dio un vuelco y decidió volver a las raíces, a la casa pairal. Y ahí lleva cuatro vendimias experimentando, revolucionando la experiencia de su madre, con nuevas elaboraciones, como el Abrisat que han realizado mano a mano y con nuevos recipientes como la tinaja roja de Tierra de Barros donde reposa, de poro fino porque la Garnacha Blanca corre peligro de oxidarse, o como las vasijas donde crían el de Morenillo, construidas por un artesano de Miravet con tierra blanca del lugar, de la Sierra de Pandols, que es precisamente donde, un poco más alta, está enclavada la viña en la que nace. Así el vino vuelve a la tierra que lo vio nacer, en un bucle que es para Pili el ideal de la conservación, el símbolo que los valores de la profunda ecología. Eso es lo que bulle en su cabeza, lo que se refleja en sus vinos y lo que ha plasmado en su espejo mágico. Ya amenazaba: "Voy a escribir algo conceptual".

 

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Y es que esta tierra da para pensar. Como esta vieja sala de barricas y tinajas, de muros amarillentos donde un pintor francés dejo sus trazos azulados mezclando tierra y cielos, como el paisaje. Como esas descarnadas muestras de suelo, de Panal, que Pili acaricia, desmorona y explica como la base, la madre, de los vinos de la casa.
Solo elaboran uva propia y las viñas, como la mayoría en la región, son pequeñas, desperdigadas entre cereal, almendros y olivos, envueltas en bosquecillos, salpicadas de casetas de piedra seca. Las suyas están sembradas de "abono verde" y cubiertas en torno al tronco con paja porque evita la erosión, mantiene la humedad como si fuera una esponja y cría microorganismos.

Su visión del entorno es que se está perdiendo el patrimonio porque no se paga la uva vieja a lo que vale. Y porque buena parte de la excelente producción sale de la D.O. para incorporarse a otras de más fama y comercio, a bodegas poderosas y a la más genérica Cataluña, donde todas se pueden mezclar. Pili se ha propuesto como retos frenar el expolio, que toda la uva de Terra Alta revierta en Terra Alta y que el desarrollo sea meditado y ecológico; por ejemplo, defiende los molinos eólicos pero respetando lo visual, lo paisajístico y los corredores biológicos. Porque la invasión ha sido engañosa, se prometió trabajo que no ha llegado y solo se paga por ocupación del terreno, un pago que a los viejos agricultores y a los pensionistas le resuelve mucho al mes. Es difícil negarse.

Pili es una soñadora de altos vuelos. Sus sueños, producto de la intuición, se van haciendo realidad poco a poco desde que regresó y se convierten en vinos, como su versión de los históricos brisados que se elaboran con la uva entera, no con mosto. Sueños que se sintetizan en discursos frente a los paisanos que critican sus viñas sin roturar. No va a menudo al bar, como hacia su tataratatarabuela, pero cuando se acoda en la barra y escucha las críticas de los vecinos viticultores siempre responde: "Trabajo la viña como el que más, pero la mía tiene una razón, que es llegar al futuro". Un futuro mejor.

Las huellas de otra lucha en defensa de un futuro mejor aún quedan aquí abiertas y sangrantes. Son pueblos destrozados, muertos, bombardeados con saña y que no pudieron reconstruirse, como castigo de la memoria. El llamado frente de Gandesa, la cruenta batalla del Ebro, inspiró coplas patrióticas y sobre todo réquiems fúnebres en la Guerra Civil. Destruyó y despobló los pequeños pueblos del entorno. El Poble Vell de Corbera, fantasmagórico, en la cima del pueblo, de las construcciones nuevas, se ha vallado y forma parte de los paisajes después de la batalla, un terrorífico recorrido por trincheras, búnkeres, hospitales, refugios antiaéreos… que se explican en los centros de interpretación, como el Centro de Estudios de la Batalla del Ebro de Gandesa, justo frente a la Cooperativa.
La vida ha seguido y para verla amanecer lo mejor es la confitería Pujol de la plaza de la Farola, donde la madrugadora propietaria recibe siempre con la mejor sonrisa, hace unos merengues delicados y volátiles y, cuando pedimos la típica tostada con tomate y aceite, con nuestro mejor acento recuerda, burlesca, que eso se llamaba en su infancia un bocadillo de nada. Enfrente, uno de los restaurantes más recomendables, Sibarites. Moderno, muy cuidadoso, una estupenda combinación de producto local y presentaciones actuales.

 

T 804 7526Entre los pequeños pueblos de

 

Terra Alta, Gandesa y Batea son dos de los tres que tienen más de 1.000 habitantes. Gandesa, más vivo, algo más industrial. De allí salen las ofertas de turismo más originales: catas en barco por el Ebro, la vía verde por el abandonado ferrocarril que viajaba de Teruel a Cataluña hasta los años 70, el balneario de la Fontcalda, las bodegas cooperativas, el museo Picasso...

Batea, como villa rural, es mucho más tranquila. Las noches empiezan con horario europeo porque los agricultores madrugan. Las mesas públicas parecen tener un arreglo para no hacerse la competencia, de modo que se desayuna –y fuerte, incluso con fabada y vino de la tierra o sidra– en Ca L'Antoni. Se come, y muy bien, en el excelente Miralles, con sus mesas construidas de cajas de vinos de las bodegas locales, con platos típicos como su versión de la Clotxa, que es un genial bocata do it yourself donde se lucen el aceite local, el tomate, sardinas saladas... o recetas actuales como su arroz meloso de ternera y langostinos al vino tinto. Y se cena en el El Caliu, una brasería que mima embutidos y ensaladas. Eso sí, en cualquiera de ellos, en cualquier mesa hay vino de la tierra. Eso, en este país donde el consumo desciende de forma terrorífica, es una defensa y amor ejemplares de las bodegas locales.

 

Las bodegas de casa

En Batea hay 27 bodegas de diversos tamaños, tiempos y estilos. En la plaza central está una de las bodegas más recientes, LaFou Celler. Se podría decir que es obra personal de Ramón Roqueta Segales y como tal la defiende con pasión, después de convencer y trasmitir su entusiasmo a la familia Roqueta en pleno, con larga experiencia y fama bodeguera en Pla de Bages. Ramón se formó en Francia y durante sus prácticas en Châteauneuf-du-Pape descubrió la excelencia y las posibilidades de las garnachas. Por eso empezó a curiosear por esta zona, hasta encontrar unas terrazas prodigiosas, 32 bancales que ascienden por el cauce seco que es La Vall Major hasta el último rincón de La Hoz, de la Fou que ha dado nombre a sus vinos, en alto, fronterizo, enmarcado ya por tierras aragonesas.
El suelo es ejemplo de libro de lo que que es el Panal, casi sin piedras porque son sedimentos eólicos, movidos como dunas y con altura irregular. Y así un bosquecillo y 60 hectáreas en parcelas de distinto tamaño, con muretes de piedra que revelan el arte y la mano de los agricultores de otros tiempos. Y antes de la cima, un escalón de almendros que ahora lucen floridos y espléndidos. "Ya me lo advirtieron, ahí no plantes viña. Y, efectivamente, hubo que arrancarla". Ramón admite con humildad la experiencia, el conocimiento, que el tiempo ha depositado en los viticultores locales. Reconoce que como su primera vendimia fue prodigiosa todo parecía fácil pero no consiguieron la calidad que buscaban hasta la de 2011.

 

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Se situaron en una magnífica casona céntrica, histórica, Casa Figueras, que había sido casa de labor y después de la familia pero ahora estaba casi derruida. Tras su hermosa fachada de piedra reserva un espacioso patio que da cabida a la bodega, funcional, espaciosa, pulcra y dotada con tecnología de vanguardia como los bazuqueadores mecánicos, los huevos de hormigón para la crianza, los depósitos de tamaño moderado para elaborar. Y al fondo el refugio de Ramón, junto a los antiguos trujales en un subterráneo mágico con arcos templarios.

Todo aquí tiene sentido y belleza, y eso se refleja en la elegancia de sus vinos: cada ingenioso detalle diseñado personalmente por el buen gusto de su madre, cada idea enológica donde colabora el mismo enólogo que lleva Abadal, Joan Soler, cada puntual movimiento diario en manos de su colaborador local, Joan Vaqué, que conoce los tics locales, la elaboración de la Clotxa o el calendario de fiestas y comparte entusiasta su mundo y los pequeños placeres.

Quien conoce al dedillo el pueblo, las bodegas y sus secretos es Josefina, la madre de Juanjo Galcerá, la actual cabeza de Celler Piñol, que es otro de los ejemplos que salió para estudiar, se forjó su vida fuera pero, tiempo después, regresó con ánimo y pasión para hacerse cargo de la bodega familiar. Los padres han vivido siempre en los pisos superiores, sobre los trujales que construyó el abuelo.

El edificio es amplio y se ha ido adaptando a los cambios, a la innovación, a elaboraciones variadas y cuidadosas de todo tipo de garnachas. Pero el apego a la herencia de los Arrufé y Piñol, el suegro y el yerno que mano a mano empezaron a elaborar la viña del uno con los criterios del otro que conducían a crear marca y embotellar, sigue presente por ejemplo en las etiquetas de cada uno de sus vinos, dedicados a cada uno de los hitos familiares. Son L'Aví Arrufí, Viña Orosina, Josefina Piñol y el que ella misma considera el alto de gama, el que se dedicó a su madre, Mater Teresina, una mujer fuerte y excepcional a la que Josefina recuerda como a la Escarlata O'Hara de Lo que el viento se llevó: "La tierra es lo importante". Su vino es una combinación de sus mejores garnachas, las que mejor expresan el terroir, la personalidad del suelo y del clima, con un aporte de Morenillo, una uva que elaboran en pro de esa tradición tan lenta de maduración y tan difícil de vinificar en su punto como la Pinot Noir. Frente a eso han sido pioneros en innovaciones como la crianza en huevos de hormigón y en la experiencia de un ensamblaje sabio de ese vino con el criado en barrica que le aporta un amable y reconocible punto de tostado: "Los huevos son muy caros, pero a la larga duran más que las barricas"

 

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La joya de la casa es la sala de barricas subterránea que ha aprovechado los antiguos depósitos y se extiende, con tamaño humano y carácter tradicional, en piedra y ladrillo, sobre un fresco suelo de barro, de modo que conserva la temperatura ideal todo el año. Allí se guardan también vinos de otro estilo tradicional, los dulces, en barricas de 60 litros, donde el tiempo pierde sentido, donde se olvida la prisa. Y eso es lo que esperan también de los visitantes, que recorran con calma su amada tierra, que conozcan los rincones y los detalles. Para eso, sobre el edificio de administración de la bodega, en una callecita próxima, han montado unos confortables apartamentos enoturísticos en una preciosa casa de piedra sustentada por un arco espectacular.

Son la invitación para perderse en esta tierra tan luminosa como recóndita, tan acogedora y sorprendente como lo son sus vinos, que aún tienen mucho que decir.

 

Garnacha Blanca

Se piensa que procede de una mutación de su homónima tinta. El vigor de sus sarmientos es considerable y su producción, generosa. Es por ello por lo que es necesario realizar una viticultura muy precisa dirigida para controlar estos dos aspectos. Suele desenvolverse bien en escenarios de sequía. Sus racimos son medianos, prietos y de bayas pequeñas con piel fina.
Esta uva es de carácter silvestre e incluso rústico. Posee buen cuerpo, una carnosidad característica y una gran capacidad para describir las cualidades del paisaje mediterráneo. Además es una de las uvas que mejor expresan la famosa sensación mineral en los vinos que acompaña a los particulares aromas y sabores: flores, anisados, hierba, fruta blanca.

 

 


Bàrbara Forés Abrisa't 2016

 

Celler Bàrbara Forés
D.O.P. Terra Alta
www.cellerbarbarafores.com
Garnacha Blanca

Consumo: 12 ºC | Precio: 15,9 €

Es un blanco elaborado como un tinto. Destacan los aromas de hierbas de monte (salvia, hinojo, hierbabuena) y una fruta madura con un toque oleoso muy original. En boca tiene cuerpo, una sensación salina notable y unos recuerdos melosos que terminan en florales. Los quesos son su mejor armonía.

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L'Avi Arrufí 2015

 

Celler Piñol
D.O.P. Terra Alta
www.cellerpinol.com
Garnacha Blanca

Consumo: 12 ºC | Precio: 16,95 €

La fermentación en barrica dota al vino de un volumen y un cuerpo extraordinario. En nariz destacan los aromas torrefactos, ahumados, de vainilla. Al fondo la fruta de hueso y las especias. En boca es denso y suave al tacto. Al final aparecen detalles de caramelo. Ideal con carne de cerdo al horno.

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Puresa 2015

Celler Coperatiu Gandesa
www.coopgandesa.com
Garnacha Blanca

Consumo: 12 ºC | Precio: 24 €

La fermentación en roble francés aporta el tono tostado. Tras él se perciben notas de flores (manzanilla), heno fresco y miel. En el paladar se presenta goloso, de cuerpo medio y recorrido definido por los ahumados y avainillados. Apetece tomarlo con unas verduras a la brasa.

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Edetària Selección 2015

Edetària
D.O.P. Terra Alta
www.edetaria.com
Garnacha Blanca

Consumo: 12 ºC | Precio: 20 €

El juego de la fruta jugosa, la flor madura y la pincelada cremosa quedan resaltados por el punto ahumado de sus ocho meses en barrica. Paladar bien formado, sin fisuras, con buena acidez, estructura presente pero amable y final mineral con el toque tostado de la crianza. Salmón a la plancha es la opción recomendada.

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Ilercavònia 2017

Altavins
D.O.P. Terra Alta
www.altavins.com
Garnacha Blanca

Consumo: 10 ºC | Precio: 9,95 €

Intensidad media en aromas, pero con un grado de concentración elevado, lo que hace que se perciban con nitidez: notas de fruta blanca, flores y un fondo anisado que aporta profundidad. Goloso en la entrada y con mayor agilidad en el recorrido. Al final, un delicioso amargor. Ideal con una escalivada.

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Herència Altés Benufet 2015

Herència Altés
D.O.P. Terra Alta
www.herenciaaltes.com
Garnacha Blanca

Consumo: 12 ºC | Precio: 15 €

Muestra la esencia de la variedad. En nariz enseña la cara más auténtica con sus matices de fruta blanca bien madurada. La complejidad la pone el toque silvestre y balsámico. Sabroso en boca, con una maravillosa armonía entre la sensación golosa y la salina. Con volumen, envolvente y largo con un leve amargor final. Para disfrutarlo con arroces de carne.

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Lafou Els Amelers 2016

Lafou Celler
D.O.P. Terra Alta
www.lafou.es
Garnacha Blanca

Consumo: 12 ºC | Precio: 15 €

Quizá la más floral de todas las catadas. Los matices de flores y el carácter silvestre del resto de aromas lo hacen delicioso. Al fondo, notas de fruta de hueso y frutos secos. Boca carnosa, con volumen, tacto suave y expresión con el fondo mineral vivo por su frescura. Con unas chuletas de cordero a la brasa será una maravilla.

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